Instalada en 1906 en el Congreso Nacional para llevar a cabo dos grupos escultóricos en la fachada del Parlamento, la artista tucumana Lola Mora se puso de novia con Luis Hernández Otero, uno de sus discípulos en el taller de escultura. Ella tenía 40 años y él era 15 años menor. Era, según el biógrafo Oscar Haedo, empleado del Congreso desde 1904. Hijo del ex gobernador de Entre Ríos Sabá Z. Hernández, también sería después “doctor en Leyes, laureado en Francia e Italia, diplomático, escritor, escultor, sobrino nieto de José Hernández (autor del Martín Fierro). Así lo describió en una carta de 1980 un pariente, Luis Alfredo Sabá Hernández. “N o se han publicado fotografías de este señor, por lo que no podemos saber el aspecto de quien cautivó a la escultora en su momento de mayor actividad”, dicen Carlos Páez de la Torre (h) y Celia Terán en su biografía de la artista.

El 22 de junio de 1909 se casaron. Ella tenía 42 años, “a una altura de la vida en la que sólo se casaban las viudas”, dicen los biógrafos. Estiman que “bien pudieron estar enamorados... Lola flechada por Luis con la intensidad que tienen los romances otoñales, y Luis por Lola con esa pasión, para nada menor, que puede desencadenar, en un joven una mujer de tanta personalidad, tanto prestigio y aún dotada de atractivo físico”. También especulan que acaso Lola pensó que a su triunfante vida le faltaba “ser una señora casada con toda la respetabilidad que esto tenía en la Argentina de su tiempo y para una persona de su educación”.

La boda no fue anunciada previamente. Según el acta del civil -que tiene errores- el novio tenía 27 años y ella, 32. Uno de los testigos fue el senador nacional por Tucumán Brígido Terán, casado con Amelia Lacavera, ex condiscípula de Lola en el Colegio Sarmiento. No fue nadie de la familia del novio. La ceremonia religiosa fue al día siguiente en la Basílica del Socorro, oficiada por el sacerdote Luis Menti, con el padrinazgo de Rosario Clorinda G. de Avellaneda, esposa de Marco Avellaneda, y Manuel Otero Acevedo (por la familia del novio). Esa parroquia, de Juncal y Suipacha, es famosa porque allí fue entronizada por el papa León XIII en 1903 la imagen del Señor de los Milagros y porque en ella, a mediados del siglo XIX, oficiaba el cura Ladislao Gutiérrez, que tuvo el trágico romance con Camila O’Gorman.

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En su viaje a Europa Lola y Luis se instalaron en el villino de la artista en Via Dogali en Roma. Allí comenzarían serios problemas con los proveedores de material escultórico, que le significaron a la escultora batallas judiciales, incumplimientos y severos problemas económicos. Esto debe haber amargado la convivencia de los flamantes esposos, dicen los biógrafos.

A comienzos de los años 10 comenzó también el cambio de época tanto en las tendencias del arte como en la política. Fueron desapareciendo quienes la habían apoyado. Aunque tuvo éxitos con monumentos como la escultura de Nicolás Avellaneda, también hubo fuertes sinsabores y para el fin de esa década pasó de una vida opulenta a ser una “nueva pobre”. En 1914 vendió la casona de Via Dogali. Según los biógrafos, “un par de testimonios”, dan cuenta de que Hernández Otero “prefirió las aventuras amorosas a la fidelidad hacia una mujer que le llevaba 15 años” . En la biografía se cuenta que en 1994 la viuda de Edoardo Li Gotti, hijo de amigos de Lola, dijo que “Hernández Otero se enredó en amoríos con una empleada de la casa... y el descubrimiento de esa relación destrozó literalmente a Lola Mora”.

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La nota necrológica de LA GACETA en 1936 habla de 1917 como fecha de la separación de la pareja. Según el biógrafo Haedo, “el 30 de mayo de 1936, la enferma se reconciliaba con su esposo... después de una larga separación”. Lola falleció una semana después, el 7 de junio de ese año.